Al abrir la puerta


Al abrir la puerta, la música ahogaba las conversaciones de la gente que se mezclaba con el olor de café recién hecho. Mientras buscábamos mesa entre las personas que conversaban, me percaté de la canción que sonaba, era una de mis favoritas y hacía mucho que no escuchaba, era “Losing my Religion” de grupo REM, aunque no entiendo demasiado bien sus letras por estar escritas en inglés, pero su melodías me conquistan.  En pocos minutos comenzamos a pertenecer a ese ambiente agradable al que acabábamos de entrar. Las tazas recién servidas y el vapor que de ellas emanaba fueron el prólogo a nuestras conversaciones. Nuestro diálogo se mezcló con la atmosfera que allí había, produciéndome cierto bienestar y  sensación de acogimiento.
La literatura y mi deseo de ampliar conocimientos unían nuestras conversaciones muchísimas veces, esa pretensión continua que tengo por aprender junto con sus grandes conocimientos sobre las letras, habría ante mí ese mundo que tanto me fascina. Sin percatarnos, nos fuimos adentrando en historias de nuestras vidas, esas historias que están cargadas de sentimientos y que escondemos en lo más profundo de nosotros por miedos y vergüenzas o simplemente para no mostrar nuestras debilidades. Poco a poco noté como se iba despojando de su coraza, esa coraza que llevaba desde años inmemorables y la fue dejando delicadamente sobre la silla junto a su abrigo; llegó un momento en que se mostró ante mí a corazón descubierto. Supe que era así; porque yo misma había estado al otro lado de la mesa, en ese mismo lugar, mostrando mis angustias y temores a otros amigos.
Fue duro escuchar sus relatos, su tristeza inundaba nuestro espacio y su profundo dolor casi se podía tocar con las manos, ese dolor parecía haber apagado la música y las conversaciones de todos los que se encontraban allí, hasta volverlo en un silencio sepulcral y espeso. Era un sufrimiento tan latente que traspasaba su mirada, y de su cuerpo aunque intacto físicamente podía percibir cómo la vida le había amputado parte de él. Tras la pérdida de un ser querido, uno no se recupera nunca: uno se reinventa. No hubo lágrimas ni pañuelo, todo fue tan sutil y verdadero que al escucharle me sentí muy triste, e intenté ponerme en su piel, pero me producía tanta tristeza y dolor que decidí, egoístamente, quedarme a este lado de la mesa. Al mismo tiempo pude notar su gran fortaleza, su bondad y la gran sensibilidad que su piel desprendía. Al término de la conversación y antes de salir a la calle cogió su abrigo y su coraza y se abrigó con ambas capas. La noche nos recibió fría y con aires de lluvia, pero nuestro caminar fue pausado y sosegado; después de nuestra conversación y, ante el dolor que a veces la vida provoca unas gotas de lluvias me parecían algo purificador.
No me quise quedar con un sentimiento triste de este encuentro, porque pienso que el hablar de ello fue gritarle al viento lo cruel que la vida había sido… gritar al aire que el infierno no está tras la muerte, sino en esos momentos que la existencia nos obliga a vivir en este presente. Aun así, intento creer que sus gritos apagados han servido para reducir el peso que ha ido acumulando tras el camino, y gritar con voz queda le ha ayudado a liberar parte de ese enorme peso que sostiene sobre sus hombros.
Nos abrazamos al despedirnos y lo que me reconforta es pensar que sus pasos se dirigen hacia la búsqueda de nuevos proyectos y nuevos caminos, que espero le aporten muchas satisfacciones e ilusiones y que un día cuando menos lo espere al volver una esquina estará esperando su felicidad.

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